El rompecabezas del tiempo: por qué la plenitud solo se deja ver cuando se convierte en memoria y cómo aprender a habitar el presente antes de que sea nostalgia.
Por Claudia Benítez
HoyLunes – Hay una pregunta que suele aparecer tarde, casi siempre cuando ya no estamos en el lugar que la origina: ¿fui feliz entonces? No es una pregunta que se formule en medio del instante, sino después, cuando el tiempo ha pasado y el presente se convierte en un punto de comparación. Tal vez ahí resida una de las claves más incómodas de la felicidad: rara vez se reconoce mientras ocurre.

En el artículo anterior hablé de la trampa de lo inmediato, de cómo el placer —rápido, intenso y fugaz— se disfraza de felicidad. Pero la felicidad, entendida como algo más profundo y duradero, parece jugar a otro juego: no se impone con fuegos artificiales, sino que se infiltra silenciosamente en la vida cotidiana. Por eso cuesta tanto identificarla en tiempo real.
Vivimos inmersos en el presente, resolviendo urgencias, adaptándonos, sobreviviendo incluso a lo que supuestamente deseábamos. El ser humano se acostumbra con rapidez a lo que antes consideraba un logro. Esa adaptación nos permite seguir adelante, pero también nos roba perspectiva. Lo que ayer parecía suficiente hoy se vuelve normal; lo que ayer era deseo hoy es rutina. En ese proceso, la felicidad —si está— se vuelve invisible.

Es solo cuando el presente cambia, cuando algo se pierde o se transforma, que aparece la comparación. Miramos atrás y descubrimos que aquello que no sabíamos nombrar quizá era bienestar, estabilidad, sentido. No porque el pasado haya sido perfecto, sino porque ahora contamos con un punto de referencia. La felicidad, entonces, no se revela por accidente, sino por contraste.
Nuestra memoria juega un papel central en esta toma de conciencia. No recordamos la vida tal como fue, sino tal como hoy la interpretamos. Al reconstruir el pasado, le otorgamos significado: vemos esfuerzos que dieron fruto, decisiones que construyeron algo, etapas que, aun con dificultades, sostuvieron una vida que hoy reconocemos como valiosa. Así, la felicidad se convierte en una evaluación retrospectiva más que en una emoción puntual.
Esto también explica el reverso doloroso: del mismo modo, hay quienes al mirar atrás no ven construcción sino pérdida, ni crecimiento sino estancamiento. La vida, entonces, se narra como una sucesión de oportunidades desperdiciadas. Hasta si en su momento hubo placer o momentos buenos, sino porque la comparación actual redefine todo el recorrido.

Tal vez la pregunta no sea solo cuándo somos felices, sino cómo aprendemos a reconocerlo. Si la felicidad suele revelarse tarde, quizá el desafío esté en entrenar la mirada: aprender a leer el presente con la conciencia de que algún día será pasado. No para forzar la felicidad, sino para habitar la vida con más atención, sabiendo que aquello que hoy parece simplemente “normal” podría ser, mañana, el recuerdo de un tiempo feliz.

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